El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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CAPĂŤTULO IV

EL-KADUR

Un momento después, el teniente del capitán Tormenta entraba en el subterráneo, presentándose ante la luz de la antorcha.

El desdichado joven se encontraba en un estado deplorable. Llevaba vendada la cabeza con un trapo lleno de sangre y de polvo; la cota de malla hecha de jirones, y por espada ceñía un pedazo de acero que solo tendría tres pulgadas, manchado de sangre hasta la empuñadura.

—¿Vos, señor? —exclamó el árabe—. ¡En qué estado vuelvo a veros!

—¿Y el capitán? —preguntó, con temor, el teniente.

—Duerme tranquilo. ¡No le despertemos, señor Perpignano! Necesita reposo.

Iba el teniente a acercarse a la duquesa, cuando esta abriĂł los ojos.

—¡Vos, Perpignano! —exclamó, con alegría—. ¿Cómo habéis escapado de los turcos?

—Por un puro milagro, capitán, porque a cuantos han encontrado ocultos en las casas o entre los escombros los han matado. ¡Ese infame Mustafá no ha perdonado a nadie!

—¡A nadie! —dijo con angustia la duquesa—. ¿Ni a los capitanes?


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