El Capitán tormenta
El Capitán tormenta Mientras los soldados recogÃan sus alabardas, mazas de hierro y espadas de dos filos que habÃan amontonado en un ángulo de la barraca, el polaco, que ya estaba de un humor infernal por la fuga de sus cequÃes, miró con hostilidad al recién llegado.
—¡Hola! ¡El capitán Tormenta! —exclamó con acento burlón—. ¡PodrÃais defender solo el fuerte, sin venir a deshacer nuestra partida! Famagosta no se rendirá esta noche.
Con un rápido ademán el capitán Tormenta se habÃa quitado la capa, dejándola caer al suelo, y colocó una mano en la empuñadura de su espada.
Era un joven arrogante, quizás demasiado bello para ser un guerrero: más parecÃa una gentil doncella que un capitán aventurero. Su traje era elegante y cuidado, a pesar de que los continuados asaltos de los turcos no debÃan dejarle mucho tiempo libre para su arreglo personal.
—¿Qué queréis decir con semejantes palabras, capitán Laczinski? —preguntó con voz armoniosa, que contrastaba singularmente con la roca y fuerte del polaco, y sin levantar la mano de la empuñadura de la espada.
