El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —Señor Perpignano —dijo con acento frÃo y resuelto—, ¿creéis que el capitán esté aún por estos contornos?
—Puede ser —replicó el veneciano.
—¡Está bien; voy a matarle! ¡Será un enemigo y un turco menos!
—¡El-Kadur! —gritó la duquesa—. ¿Quieres comprometernos a todos?
—¡Cuando yo disparo, no yerro nunca, señora; y es muy fácil encender una mecha! —repuso el salvaje hijo de la Arabia.
—PodrÃan descubrir nuestro refugio.
—Le atacaré con el yatagán y romperé su espada —repuso El-Kadur—. ¿Acaso no valgo yo tanto como un cristiano renegado? Mi padre era una gran guerrero de la Arabia, y no seré menos que él. Soy su hijo. Él murió como un valiente, con las armas en la mano y en defensa de su tribu. ¿Por qué no puedo morir yo en defensa de mi señora, de la hija del hombre que me sacó de la esclavitud?
—¡No saldrás de aquÃ! —dijo la duquesa con voz imperiosa—. ¡Obedece!
El-Kadur dejó caer al suelo el yatagán.
—¡Obedece, mi fiel Kadur! —repitió con voz más dulce la duquesa—. ¡Debes velar por mÃ!