El Corsario Negro
El Corsario Negro Asà que el Corsario Negro se dio cuenta de las pérdidas sufridas y de los destrozos causados a los dos buques, mandó despejar de cadáveres la toldilla y proceder con toda urgencia a las reparaciones más precisas, pues le corrÃa prisa alejarse de aquellos parajes, no hiciera la mala suerte que se viese acometido por la escuadra del almirante Toledo, hallándose, como se hallaba, demasiado cerca de Maracaibo.
La triste ceremonia de arrojar al agua los cadáveres se hizo en seguida. Metidos de dos en dos en sacos y con un par de balas de cañón a los pies, todos descendieron a los abismos del gran golfo, no sin habérseles quitado cuanto tenÃan de algún valor, pues los peces no necesitan nada, como bromeando decÃa Carmaux a Wan Stiller, salvados milagrosamente de la muerte. Terminada tan lúgubre faena, la tripulación, bajo el mando de los contramaestres, limpió la cubierta de restos de cordajes, amuras, etc., arrojó torrentes de agua sobre la sangre y procedió al recambio de la maniobra estropeada, asà fija como móvil.
Hubo necesidad de echar abajo el palo mayor del buque español y de reforzar fuertemente el de mesana, colocando en el puesto del timón un remo de dimensiones enormes, pues no encontraron ninguno de recambio en la carpinterÃa ni en los almacenes.