El Corsario Negro
El Corsario Negro En derredor del barco, y hasta en la toldilla, caían a intervalos ramas de árboles, frutas de toda especie, cañas de azúcar y montones de hojas que revoloteaban en alas del torbellino, arrancados a los bosques y a las plantaciones de la vecina isla de Haití, mientras que torrentes de agua se precipitaban con ruido ensordecedor desde las nubes, corriendo furiosas por cubierta y desahogando penosamente por obenques y umbrinales.
Pronto sucedió a la noche oscura una noche de fuego. Relámpagos cegadores rasgaban las tinieblas, iluminando el mar y el barco con su luz lívida, y entre las nubes estallaban espantables truenos, como si allá, en lo alto, se hubiese empeñado un duelo tenaz entre centenares de piezas de artillería.
Se había saturado el aire de electricidad, hasta el extremo de que en los cables de El Rayo brillaban y saltaban miles de chispas, y en lo alto de los palos refulgía el fuego de San Telmo.
En aquel momento llegaba el huracán a su intensidad máxima.
El viento adquirió una velocidad espantosa, probablemente de cuarenta metros por segundo, y rugía con horrísono fragor, levantando verdaderas sombras y columnas enormes de agua pulverizada.