El Corsario Negro
El Corsario Negro Cuando El Rayo ancló en aquel seguro puerto, al lado del estrecho canal que le ponía a salvo de cualquier sorpresa por parte de las escuadras españolas, hallábanse los filibusteros de las Tortugas en pleno jolgorio, pues la mayor parte de ellos acababan de hacer ricas presas en sus correrías, bajo las órdenes del Olonés y de Miguel el Vasco, por las costas de Santo Domingo y de Cuba.
Ante el fondeadero y en la playa, bajo amplias tiendas y a la sombra de frescas palmeras, banqueteaban alegremente aquellos terribles depredadores, consumiendo con prodigalidad de nabab lo que les correspondiera en el botín.
Tigres en el mar, en tierra se convertían aquellos hombres en los más alegres de todos los habitantes de las Antillas, y —¡cosa extraña!— corteses hasta cierto punto, porque no dejaban de invitar a sus fiestas a los desgraciados españoles que hicieron prisioneros y llevaron consigo con la esperanza de un buen rescate, portándose con ellos como caballeros, e ingeniándose para hacerles olvidar su triste condición. Decimos triste, porque los filibusteros, si no llegaba el rescate pedido, recurrían con frecuencia a medios crueles para obtenerle, como era enviar a los gobernadores españoles la cabeza de algún prisionero, con objeto de apremiarlos.
