El Corsario Negro
El Corsario Negro La vivienda del célebre filibustero era una modesta casita de madera construida de cualquier modo, con el techo de hojas secas, como las viviendas de los indios de las grandes Antillas; pero bastante cómoda y amueblada con cierto lujo, pues aquellos fieros y rudos hombres de mar gustaban del lujo y del fausto.
Hallábase a media milla de la ciudadela, en el extremo de la espesura, en un lugar ameno y tranquilo bajo la sombra de grandes palmeras, las cuales sostenían constantemente una deliciosa frescura.
El Olonés introdujo al Corsario Negro en una habitación de planta baja, cuyas ventanas cubría una esterilla de nipa; le hizo sentarse en un gran asiento de bambú, mandó llevar a uno de sus servidores varias botellas de vino de España, probablemente procedente del saqueo de algún barco enemigo, destapó una y, llenando dos vasos, dijo:
—¡Caballero, a tu salud, y por los ojos de tu dama! —dijo chocando el vaso.
—¡Prefiero que bebas por el éxito feliz de nuestra expedición! —contestó el Corsario.
—Será completo el éxito, amigo mío, te lo prometo; y te prometo también poner en tus manos al matador de tus dos hermanos.
—¡De los tres, Pedro!
