El Corsario Negro
El Corsario Negro —No lo sé —contestó este lanzando una mirada de inquietud hada los grandes árboles.
—¿Será algún pájaro?
—Señor, yo jamás he oÃdo silbido semejante.
—¿Y tú, Moko? —preguntó el Corsario dirigiéndose al africano.
—Ni yo tampoco, Capitán.
—¿Será una señal?
—Eso temo —contestó el catalán.
—¿De tus compatriotas? ¿De los que perseguimos?
—¡Hum! —dijo el español moviendo la cabeza.
—¿No lo crees?
—No, señor. Lo que temo es que pronto vamos a tener que habérnoslas con los indios.
—¿Indios libres o aliados vuestros? —preguntó el Corsario arrugando el entrecejo.
—Que nos echa encima el Gobernador.
—Entonces, debe saber que vamos tras él.
—Puede haberlo sospechado.
—¡Bah! ¡Si sólo se tratara de indios fácilmente los pondremos en fuga!
—En las selvas vÃrgenes son más peligrosos que los blancos. Es difÃcil evitar sus emboscadas.
—Procuraremos no dejarnos sorprender. Montad los fusiles y no economicéis los disparos. Ahora ya sabe el Gobernador que vamos pisándole los talones y, por lo tanto, poco importa que oiga nuestros mosquetazos.