El Corsario Negro

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CAPÍTULO XXVIII

LOS VAMPIROS

La noche transcurrió tranquila, tanto que los filibusteros pudieron dormir plácidamente algunas horas tumbados en las bifurcaciones de las enormes ramas del summameira.

No hubo más que una pequeña alarma, causada por el paso de un pequeño pelotón de arawakos que debían de formar la retaguardia de la tribu; pero ni siquiera se hicieron cargo de la presencia de los filibusteros, y siguieron su marcha hacia el Norte.

Apenas despuntó el Sol, el Corsario, después de haber estado escuchando largo rato, tranquilizado por el profundo silencio que reinaba en la floresta, dio orden de descender para reanudar el camino.

Lo primero que hizo Carmaux apenas puso el pie en tierra fue dedicarse a buscar el maracaya que tan mal cuarto de hora le había hecho pasar entre las ramas del gigantesco árbol. Lo encontró cerca de una mata de maleza, descoyuntado por la caída y por el golpe que le dio Moko con la culata de su arcabuz.

Era un animal muy parecido a los jaguares por el pelo, y aún por la forma, pero de cabeza mucho más pequeña, de cola muy corta, y que mediría escasamente unos ochenta centímetros de longitud.


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