El Corsario Negro

El Corsario Negro

CAPÍTULO XXIX

LA FUGA DEL TRAIDOR

Apenas surgió la Luna por encima de los árboles de la floresta, ya el Corsario se había puesto de pie, en disposición de emprender de nuevo la obstinada persecución de Wan Guld y su escolta.

Sacudió al catalán, al negro y a los dos filibusteros, y se puso en marcha sin haber dicho ni una sola palabra, pero con paso tan rápido, que sus compañeros apenas podían seguirle.

Parecía que, en efecto, estaba decidido a no detenerse hasta haber alcanzado a su mortal enemigo; pero muy pronto nuevos obstáculos le obligaron a buscar paso, y no tan sólo a aminorar la velocidad de la marcha, sino también a detenerse.

Lagunas y charcas que recogen todas las aguas provenientes de la selva, terrenos pantanosos, breñales espesísimos y riachuelos, todo esto que encontraban a cada instante los obligaba a dar rodeos en busca de sitio por donde pasar, ya fueran sendas, ya vados, o bien a derribar arbustos para improvisar puentes.

Sus hombres hacían esfuerzos sobrehumanos para ayudarle; pero comenzaban a sentirse exhaustos por tan larga y penosa caminata, que ya duraba diez días, por las noches de insomnio y por lo escaso de la alimentación.


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