El Corsario Negro
El Corsario Negro Al oÃr aquel disparo el Corsario volvió rápidamente atrás, creyendo que el marinero habÃa hecho fuego sobre algún animal, pues no sospechaba siquiera que los españoles de la carabela hubiesen llegado ya a los costados del monte.
—¡Carmaux! ¡Carmaux! ¿Dónde estás? —gritaba.
Un ligero silbido, que parecÃa de serpiente, pero que conocÃa muy bien, fue la respuesta que obtuvo. En lugar de lanzarse adelante se ocultó a escape atrás del tronco de un árbol muy grueso, y miró con atención a todas partes.
Entonces fue cuando pudo ver que en las márgenes de un espeso grupo de palmeras ondulaba todavÃa una nubecilla de humo que iba deshaciéndose lentamente, pues no corrÃa la más leve ráfaga de aire en aquel pequeño claro del bosque.
—¡Han disparado desde aquel sitio! —murmuró—. Pero ¿dónde se ha escondido Carmaux? ¡No debe de estar muy lejos, cuando me ha silbado! ¡Ah! ¡Conque los españoles han llegado ya hasta aquÃ! ¡Pues bueno, señores mÃos, nos veremos!
