El Corsario Negro

El Corsario Negro

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CAPÍTULO XXXIII

LA PROMESA DE UN NOBLE CASTELLANO

De lo alto de la cámara de popa descendió rápidamente un hombre y se detuvo ante el Corsario Negro, a quien le habían quitado las ligaduras.

Era un viejo de imponente aspecto, con larga barba blanca, ancho de hombros, de amplio pecho, dotado de una robustez excepcional, a pesar de sus cincuenta y cinco o sesenta años.

Tenía todo el aire de aquellos viejos dux de la República veneciana que guiaban a la victoria las galeras de la reina de los mares contra los formidables corsarios de la Media Luna.

Como aquellos valientes viejos, vestía una magnífica coraza de acero cincelado, llevaba pendiente una larga espada, que todavía manejaba con vigor supremo, y suspendido del cinto, un puñal con puño de oro.

El resto del traje era español, de amplias mangas con bullones de seda negra, mallas también de seda de igual color, y altas botas de piel amarilla. Calzaba espuelas de plata.

Miró durante unos instantes y en silencio al Corsario. Sus ojos relucían con siniestro fuego. Al cabo dijo con voz lenta y mesurada:

—¡Ya ve usted, caballero, que la fortuna está de mi parte! ¡Había jurado ahorcarlos a ustedes todos, y cumpliré mi juramento!


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