El Corsario Negro
El Corsario Negro —Ya sabe usted, señor duque, que corre la voz de que su hija de usted ha sido capturada por los filibusteros de las islas de las Tortugas.
—¡Es verdad! —dijo el viejo suspirando—. Pero todavÃa no se ha confirmado que haya sido presa de los filibusteros el barco en que iba.
—¿Y si es cierto el rumor?
El viejo dirigió al Conde una mirada llena de angustia.
—¿Ha sabido usted alguna cosa? —preguntó con indecible ansiedad.
—No, señor duque; pero pienso que si realmente ha caÃdo en manos de los filibusteros, se podrÃa canjearla por el Corsario Negro.
—¡No, señor! —contestó con tono resuelto el viejo—. Lo mismo puedo rescatar a mi hija pagando una buena cantidad, en caso de que fuese reconocida, cosa que dudo, pues he tomado todas mis precauciones para que viajase de incógnito, y dando libertad al Corsario no tengo la vida segura. Me ha quebrantado la larga lucha que he tenido que sostener contra él y sus hermanos, y ya es hora de que termine. ¡Señor conde, mande usted embarcar a la tripulación, y en seguida póngase a la vela para Gibraltar!
El Conde de Lerma se inclinó sin contestar, y se dirigió hacia proa murmurando: