El Corsario Negro
El Corsario Negro La columna que el Corsario Negro y el Vasco debían conducir a través del pantano que defendía la batería, componíanla trescientos ochenta hombres armados de sables cortos y algunas pistolas, con treinta cargas solamente, pues no habían creído necesarios los arcabuces, por ser armas en absoluto inútiles contra los fuertes, y que, en cambio, los embarazarían mucho en un combate cuerpo a cuerpo.
Pero aquellos trescientos ochenta hombres eran otros tantos demonios que iban resueltos a todo, dispuestos a precipitarse con furia irresistible sobre cualquier género de obstáculos que encontraran, seguros de salir siempre vencedores.
A la orden de sus jefes se pusieron en marcha, llevando cada hombre un haz de leña y gruesas ramas de árboles para arrojarlos sobre el fango y poder avanzar a través de él.
Apenas llegaron a la orilla de aquel vasto pantano, cuando la batería española emplazada en el extremo opuesto lanzó por entre las cañas un huracán de metralla. Era una advertencia peligrosa, pero no suficiente para detener a aquellos fieros depredadores del mar.
El Corsario Negro y el Vasco lanzaron el formidable grito de guerra:
—¡Adelante, hombres del mar!
