El Corsario Negro
El Corsario Negro Atacados por todas partes, los españoles se vieron rechazados al interior del fuerte; pero con ellos entraron también los enemigos, con el Corsario Negro y el Vasco, que habían salido ilesos por milagro. Sin embargo, aun cuando rechazados, los españoles oponían una fiera resistencia, decididos a dejarse matar antes de permitir que se arriase la bandera de España.
El Corsario Negro se había lanzado dentro de un amplio patio en donde doscientos españoles combatían con desesperado encarnizamiento, procurando rechazar a los adversarios y abrirse paso a través de sus filas para correr en defensa de Gibraltar. Ya había caído más de un arcabucero bajo la formidable espada del filibustero cuando vio que se le echaba encima un hombre ricamente vestido y con la cabeza cubierta con un amplio sombrero de fieltro adornado con una pluma de avestruz.
—¡Guárdese usted, caballero! —gritó—. ¡Voy a matarle!
El Corsario, que acababa de desembarazarse en aquel momento de un capitán de arcabuceros, que se hallaba muerto a sus pies, se volvió rápidamente y lanzó un grito de estupor.
—¡Usted, Conde!