El Corsario Negro
El Corsario Negro —Pero ¿usted no sabe, señora, que he jurado sacrificar a mi furor a cuantos tienen la desventura de pertenecer a la familia de mi mortal enemigo? ¡Lo juré la noche en que arrojaba al torbellino de las olas el cadáver de mi tercer hermano, muerto por el padre de usted; y Dios, el mar y mis hombres fueron testigos de aquel fatal juramento, que ahora va a costar la vida a la única mujer a quien he querido! ¡Porque usted, señora… morirá!
Al oÃr la joven duquesa aquella amenaza terrible se levantó.
—¡Pues bien! —dijo—: ¡Máteme usted! ¡Ha querido el destino que mi padre se convirtiera en traidor y en asesino! ¡Máteme usted; pero usted, con sus propias manos! ¡Moriré feliz, herida por el hombre a quien amo tanto!
—¡Yo! —exclamó el Corsario retrocediendo con espanto—. ¡No, no! ¡Qué horror! ¡No; no la mataré!
Cogió a la joven por un brazo y la arrastró hacia la gran ventana que daba a estribor.
Brillaba en aquel instante el mar como si corriesen por las olas chorros de bronce en fusión o de azufre lÃquido, y en el fresco horizonte cargado de nubes, relampagueaba de cuando en cuando.