El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Quién crees que pueda ser? —preguntó su compañero, que habÃa vuelto a coger el remo y lo manejaba con extraordinario brÃo.
—Un solo hombre, entre todos los valientes de las Tortugas, puede atreverse a venir hasta ponerse bajo los cañones de los fuertes españoles.
—¿Quién?
—El Corsario Negro.
—¡Truenos de Hamburgo! ¡Él! ¡El mismo!
—¡Qué noticia tan triste para ese marino audaz! —murmuró Carmaux, dando un suspiro—. ¡Y ha muerto; no hay duda!
—¡Y quizá creerÃa llegar a tiempo para arrancarle vivo de las manos de los españoles! ¿No es verdad, amigo?
—¡SÃ. Wan Stiller!
—¡Y es el segundo que le ahorcan!
—¡SÃ; el segundo! ¡Dos hermanos, y los dos colgados de una infame horca!
—¡Se vengará, Carmaux!
—¡Lo creo; y nosotros estaremos a su lado! ¡El dÃa que vea ahorcar a ese condenado gobernador de Maracaibo será el más feliz de mi vida, y daré fin de las dos esmeraldas que llevo cocidas en los calzones! ¡Por lo menos, comeré y beberé mil piastras con los camaradas!
