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El desquite de Sandokan
El desquite de Sandokan LA cabaña del jefe de la kotta estaba situada en la plaza, completamente aislada de las demás, y solamente difería de ellas por su amplitud y su altura. Como todas las viviendas de los pueblos salvajes, tenía forma cónica y estaba formada por ramas más o menos estrechamente entrelazadas y cubiertas de hojas de banano y de palma, dispuestas en capas de modo que impidieran pasar la lluvia.
El interior consistía en una sola habitación circular, con piso cubierto de bellas esteras pintadas toscamente.
El mobiliario era sencillísimo: vasijas de terracota, caparazones de tortugas marinas y dos lechos formados por capas de hojas superpuestas.
Había, sin embargo, una especie de palco, apoyado contra la pared, bien provisto de cráneos humanos: el museo de la tribu.
Los dayakos del interior son todos grandes cazadores de cabezas, incluso obligatoriamente, porque ningún joven guerrero puede casarse sin regalar por lo menos un par de cráneos humanos a su joven consorte.
Basta con que la colección de la tribu se aumente con otro par de cabezas. Nadie investiga cómo se las ha procurado el joven guerrero.
Nasumbata yacía sobre una capa de hojas, vigilado por cuatro malayos, con los brazos atados a la espalda y la pierna destrozada envuelta en un pedazo de padjon.