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El desquite de Sandokan
El desquite de Sandokan NO se trataba realmente de una altura, sino de una simple ondulación del terreno, de una longitud de algunos centenares de metros y no más ancha de una docena, que emergía del fango y el agua un par de metros. Las plantas, casi todas de gran tallo, habían resistido el incendio, aun perdiendo, como ya se ha dicho, todas las hojas, las cortezas y los rotang y los calamus que las envolvían y que quizá las habían preservado de una total destrucción.
Un número extraordinario de cacatúas, argus y tucanes rinocerontes se había refugiado en las ramas medio carbonizadas. Aquellos volátiles parecían todavía entorpecidos por el espanto que habían experimentado y no se movieron al ver llegar a la columna.
La comida estaba asegurada. En efecto, los malayos y los assameses, que eran los mejores tiradores, no dejaron escapar la ocasión para procurársela.
Mientras los negritos, ayudados por sus mujeres y los dayakos, preparaban el campamento, resonaron formidables descargas en toda la ondulación haciendo caer una verdadera lluvia de volátiles.
Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik se habían dirigido mientras tanto a la otra parte de la pequeña altura para echar una mirada a la amplia llanura. Desde allí el agua se extendía hasta perderse de vista, elevándose sobre la capa de cenizas unas cuantas pulgadas.