El falso brahman
El falso brahman Una hora llevaban esperando, pues el escondrijo de los parias se hallaba bastante lejos, cuando vieron volver al baniano y a los sikaris, todos cargados como mulos de viejas alfombras.
—Alteza —dijo el cazador de ratas, que precedÃa a los sikaris—, he aquà nuestra salvación.
—¿Es este el puente que vas a echar sobre el rÃo?
—SÃ, alteza. He observado que las aguas son extremadamente densas, por hallarse impregnadas de lodo y de las inmundicias de todo género que las pequeñas cloacas conducen hasta aquÃ.
—¿Y qué pretendes?
—Que arrojando delante de mà las alfombras una a una, y corriendo siempre sobre ellas, podré llegar hasta la escala y volverla a echar sobre las dos orillas. Yo peso muy poco, y aunque ya no soy muy joven, conservo todavÃa una extraordinaria agilidad.
—¿Y si las aguas te absorben?
El baniano se pasó una mano por la frente, como para enjugar algunas gotas de frÃo sudor; después, levantando los hombros, dijo:
—O intentarlo o morir todos. ¿Saben en palacio que habéis venido aqu�
—Sà —respondió Yáñez—, y tienen orden de mandar soldados en mi socorro si tardo en regresar.
