El falso brahman
El falso brahman Yáñez levantó a la rhani en sus robustos brazos y la condujo a su cuarto. El indostano se quedó en el saloncillo, paseando nerviosamente. Su ancha frente aparecÃa surcada de profundas arrugas y sus ojos lanzaban intensos relámpagos.
La ausencia del portugués duró solamente dos o tres minutos.
—¿Qué hay? —preguntó el indostano con cierta ansiedad.
—Se ha dormido tranquilamente oyendo mi voz, que le mandaba cerrar los ojos.
—¿Será ese hombre un demonio?
—No sé qué decirte, mas espero que lo sabremos bien pronto. Cuento con Kammamuri.
—Será implacable, te lo aseguro. ¡Ay de ese infame si no confiesa! Puede decirse que todos los máharatos nacen verdugos, y bien lo han comprendido los ingleses al conquistar la India, más que por las armas, a fuerza de engaños.
—Te confieso, sin embargo, Tremal-Naik, que estoy muy trastornado por lo que acabamos de ver.
—No lo estoy yo menos, Yáñez. Ese miserable apenas vio a la princesa y la encontró, sin duda, menos fuerte que nosotros, la hipnotizó, ordenándole desatar las cadenas que le tenÃan prisionero a la butaca.
—¿Bajará también Surama a la bodega, donde están nuestros hombres?