El falso brahman
El falso brahman —Antes, no; ahora, sÃ. Estos envenenamientos no me auguran nada bueno. El carro del Gobierno comienza a caminar de través, como los cangrejos de mar.
—Lo enderezaremos y untaremos bien sus trescientas o cuatrocientas ruedas.
—Demasiadas, Tremal-Naik. ¿Quieres que bajemos a los subterráneos? Deja primero que vaya a ver si Surama duerme tranquila. Tengo que decir dos palabritas al hipnotizador.
—Te espero —respondió el indostanés, encendiendo un cigarrillo que le habÃa dado el portugués.
Apuró otro vaso de cerveza que le llevó un criado y se puso a pasear por el saloncillo.
Hasta el famoso cazador de serpientes de la Selva Negra, el enemigo terrible de los thugs del Raimangal, parecÃa muy inquieto. Murmuraba y hacÃa gestos de cólera.
De allà a poco reapareció Yáñez.
—Duerme, pero sueña y pregunta por ese hombre.
—¿TodavÃa?
—He logrado, sin embargo, tranquilizarla, pasándole varias veces la mano por la frente, como me ha indicado el ama del niño, y ordenándole que duerma.
—¿Y se ha dormido?
—En seguida. Vamos, pues, a buscar a Kammamuri y al cazador de ratas. Tengo curiosidad por saber qué están haciendo con ese gran canalla de brahman.