El falso brahman

El falso brahman

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—No es brahman, sino paria, Yáñez. Yo soy de la India y no puedo engañarme.

—Yo también creo eso —respondió el portugués.

—Pero llamémosle así por ahora.

Cogió dos linternas chicas que había sobre un mueble, las encendió y salió seguido del indostano, que había revisado antes sus armas. Uno de los soldados que velaban al ministro difunto, los guio por los inmensos subterráneos del gigantesco palacio. Bajaron varias escaleras y se detuvieron un tanto asombrados al hallarse delante de ocho grandes y roñosos pajarracos de los llamados pájaros lobos, que tenían los pies atados y gritaban con todas sus fuerzas:

—¡Kra!… ¡Kra!… ¡Kra!…

Eran ocho arghilahs, llamados también, no se sabe por qué, filósofos; extraños volátiles, altos como un hombre, con la cabeza calva, roñosa, perforada por dos ojillos de un negro intenso en una orla rojiza y armados de un pico enorme en forma de embudo, capaz de tragarse medio cordero o media docena de cuervos y de metérselos a la fuerza en una bolsa violácea que sirve de vestíbulo a un poderoso estómago, tan grande como el de los avestruces africanos.

—¿Qué harán aquí estos pajarracos? —se preguntó Yáñez, mientras los volátiles le ensordecieron con sus graznidos.


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