El falso brahman
El falso brahman —Kammamuri lo sabrá —le respondió Tremal-Naik—. Ese es un zorro, que va a darle que hacer al paria.
—¡Pardiez! ¿Querrá dárselo a comer a estos tremendos tragaldabas?
—No sé nada; se lo preguntaremos a él.
Bajaron la escalera, rechazando a los pájaros, que intentaban esgrimir su pico, y abrieron una pesada puerta de bronce, a través de cuyas rendijas se veÃa luz.
Un soldado de los llamados rajaputos o guardias nobles, armado de lanza y con la faja llena de pistolas, estaba de guardia en el último escalón.
—¡Eh, Kammamuri! ¿Estás dormido? —gritó Yáñez, abriendo impetuosamente la puerta y penetrando en una especie de bodega muy vasta, que hedÃa a moho y se hallaba alumbrada por dos linternas chicas.
El maharato corrió al encuentro del marajá, seguido del cazador de ratas.
—¿Qué se hace por aqu� —preguntó el portugués.
—Mirad, ahà tenéis a ese tuno.
El brahman habÃa sido arrojado sobre un viejo colchón enmohecido, con las piernas y los brazos sólidamente atados con cadenillas de acero.
—¿Ha hablado?