El falso brahman
El falso brahman —Es mudo como un pez —respondió Kammamuri—. No parece sino que, para no hablar, se ha cortado la lengua con los dientes.
—¿No se la habrá también comido? —dijo Tremal-Naik.
—No sale sangre de su boca y, por tanto, la lengua debe de encontrarse todavÃa en excelente estado. Es que, por ahora, no quiere moverse.
—Se la habrá paralizado el miedo.
—No lo creo, señor. Este hombre es, quizá, más fuerte y más astuto que aquel famoso griego que fue primer ministro de Shindia.
—¿Y qué intentas hacer? —preguntó Yáñez—. Al bajar por la escalera he visto seis filósofos, que me han parecido demasiado enfurecidos. ¿Qué quieres hacer con esos pajarracos?
—Esos avechuchos serán los que me den la victoria sobre el baniano. Este confÃa en las ratas, que no deben faltar aquÃ, ciertamente; pero yo creo que no conseguirán nada… Las miradas de este pillo las ahuyentarán, os lo aseguro.
—A propósito de las miradas de este infame. ¿Sabes que ha hipnotizado a Surama?
—No me sorprenderÃa —respondió Kammamuri—. Soy hombre, y muy fuerte, y, sin embargo, hay momentos en que necesito esquivar sus ojos. Si yo estuviese en vuestro lugar, señor Yáñez, se los mandarÃa sacar.