El falso brahman
El falso brahman —Vas muy de prisa, amigo —respondió riendo el portugués—. ¡Cuidado que son feroces estos maharatos Son terriblemente listos de manos!
—En el fondo continúan siendo un poco salvajes, a pesar de su antigua civilización —observó Tremal-Naik.
—Quizá tengáis razón, patrón —dijo Kammamuri, que no se ofendÃa fácilmente.
—Como te he dicho —prosiguió Yáñez—, mi mujer ha sido hipnotizada, y no me extrañarÃa que viniese aquà a libertar al prisionero.
—Aquà estaremos nosotros, señor, y además hay un soldado de guardia a la puerta, y no la dejará entrar.
—Al contrario, debes dejarla hacer lo que quiera, porque puede ser peligroso despertarla de repente, ¿no es verdad, Tremal-Naik?
—Asà es —respondió el indostanés—. Si librase al brahman, volverÃamos a atarlo más fuertemente que antes.
—Señores —dijo Kammamuri—, ¿queréis dejarnos en nuestras ocupaciones? Si hay alguna novedad, iremos en seguida a avisaros.
—Arréglate como quieras —dijo Yáñez—. Nosotros nos volvemos con la princesa.
—Será lo mejor, porque las ratas no vendrán en manera alguna si oyen hablar a tantas personas.