El falso brahman
El falso brahman Los búfalos se habÃan detenido por segunda vez, pateando rabiosamente el suelo y sacudiendo desatinadamente sus grandes testuces. ParecÃa que dudaban si embestirÃan al carro o al elefante, el cual avanzaba siempre bramando a pleno pulmón.
Por fin parecieron decidirse. DebÃan de haberse convencido de que era más fácil derribar al proboscidio que al gigantesco carro, el cual ofrecÃa la resistencia de un pequeño baluarte.
Se extendieron, formando un semicÃrculo de cerca de cien metros, y después tornaron a moverse en dirección al elefante.
Iban a atacarle a fondo, cuando súbitamente sonó un relincho a algunos centenares de pasos del carro.
—¡Un caballo! —exclamó Yáñez, poniéndose ligeramente pálido—. ¿Habrá estallado la revolución en mi capital? ¿Están cargadas todas las carabinas?
—SÃ, alteza —respondió Kammamuri—; tenemos treinta y cuatro balas para regalar a los búfalos.
—Bien pocas son.
—Las municiones abundan.
—Pero no sé, mi bravo maharato, si nos darán siempre tiempo para volver a cargar las armas. ¡Pronto!… ¡Por todos los rayos de Júpiter!… ¡Bindar!…