El falso brahman
El falso brahman Unos escalones más arriba hallábanse los seis arghilahs, o filĂłsofos, como tambiĂ©n se les llama, los cuales continuaban alborotando y aguzando sus gigantescos picos sobre las piedras. ParecĂan furiosos, quizá no habĂan cenado ni bebido, pero Kammamuri debĂa de tener sus motivos para dejarlos en ayunas.
—Dentro de pocos minutos, sahib —dijo el cazador de ratas—, veremos llegar a oleadas a esos interesantes animalitos.
—¿Interesantes?
—Tú, sahib, no los has visto nunca trabajar. Son dignos de estudio, y, además, yo debo estar muy reconocido a estas bestiecillas, que durante tantos años me han servido para comer.
—¿Tú has comido ratas?
—SĂ, sahib. En las cloacas no habĂa bodegones que pudiesen aderezarme una mĂsera cena, y asĂ tenĂa que arreglármelas yo solo.
—HarĂas tus asados de ratas.
—TenĂa siempre conmigo una especie de asador, que me servĂa divinamente para ello. No me faltaba leña, porque antes que bajasen allĂ todos aquellos parias, habĂa hecho provisiones de combustible, que despuĂ©s…
El baniano se interrumpiĂł bruscamente y se acercĂł a la puerta de bronce, que habĂa quedado un poco entreabierta.