El falso brahman
El falso brahman —¿Intenta desatarse el paria? —preguntó Kammamuri.
—No; es que oigo a las ratas.
—Yo no oigo nada.
—Tú, sahib, no has vivido en medio de ellas años y años. Te aseguro que ya empiezan a acudir. ¡Mira!…
El maharato aplicó el ojo a la rendija y no pudo contener un gesto de horror.
De las profundidades inmensas de los subterráneos que tenÃa el palacio del marajá, acudÃan las ratas a cientos y cientos, atraÃdas por el olor del cordero, que comenzaba a corromperse.
Eran grandes ratas grises, con largos bigotes y terribles dientes amarillos, y las acompañaban otras más oscuras, de piel un poco más espesa y de formas mucho menos robustas.
Avanzaban saltando, intentando adelantarse unas a otras para llegar antes al banquete, y lanzando agudos chillidos.
El paria, al ver que se aproximaban y comprender con qué enemigos tan despiadados iba a habérselas, levantó la cabeza, arrojando en torno suyo miradas fosforescentes.