El falso brahman

El falso brahman

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Las ratas, cuya hambre debía quizá estar excitada por largos ayunos, pues nada había en aquellos subterráneos que pudiesen roer, se amontonaron furiosamente sobre el cordero, emitiendo agudísimos chillidos.

Cien, doscientas, quizá trescientas mandíbulas, armadas de dientes pequeños, pero muy afilados, se pusieron a trabajar, triturando los huesos como si fuesen terroncillos de azúcar.

Sólo un minuto bastó para que no quedase rastro del cordero.

Pero las ratas, engolosinado su apetito y reparando en que allí había un hombre que descarnar, se agruparon ante el colchón donde yacía el prisionero, formando cinco o seis filas apretadísimas.

—¿Has visto, sahib? —preguntó el baniano a Kammamuri.

—No me he quedado aún ciego, ni espero estarlo nunca —contestó Kammamuri—. ¿Y crees tú que él paria se asustará y os llamará?

—Así lo creo.

—¡Hum!… ¡Hum!…

—Pues las ratas amedrentan a todos, y harto lo sé yo, que en las cloacas he tenido muchas veces que sostener verdaderas batallas.

—¡Oh!… Mira, mira qué potencia tienen los ojos de ese malvado.


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