El falso brahman

El falso brahman

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Las ratas, como hemos dicho, habían estrechado sus filas, disponiéndose a lanzarse sobre aquel buen bocado y descarnarlo en pocos minutos.

Ya parecía que se preparaban a embestirle, cuando sucedió una cosa extraordinaria, casi increíble.

El paria había levantado la cabeza cuanto se lo permitían las ligaduras y no parecía sino que había encendido dos hogueras en sus ojos. Una luz extraña y fosforescente, cuyo matiz variaba entre el verde y el amarillo intenso, brotaba a raudales de las pupilas del prisionero.

Las ratas, aunque excitadas en su apetito por la presa, que habían devorado en menos de dos minutos, al verse delante de aquellos grandes ojos, que fulguraban como pequeños faros, habían comenzado a retroceder, en completo desorden.

—¿Qué dices ahora de tus roedores? —preguntó Kammamuri, que continuaba atisbando por la rendija de la puerta.

—Que las ratas de las cloacas son más valientes —respondió el baniano—. Si hubiesen encontrado a un hombre atado e imposibilitado para defenderse, no lo habrían, ciertamente, respetado.

—¡Bah! Tan valientes son estas ratas como aquellas.

—¿Pues por qué retroceden?

—¿No ves cómo brillan los ojos del prisionero?


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