El falso brahman
El falso brahman —Impedir al paria que duerma —dijo Kammamuri—. No hay suplicio más espantoso y ningún hombre, por fuerte que sea, lo resiste largo tiempo.
—Vamos, pues, a buscar a tus pájaros, sahib. Tengo curiosidad de ver cómo se portan ante los ojos fosforescentes del paria.
—Se pondrán mucho más furiosos y harán un estruendo capaz de desvelar a un muerto. Ven a ayudarme.
Subieron la escalera y se acercaron a los arghilahs, que, atormentados por el hambre, se picoteaban furiosamente, causándose profundas heridas, de donde salÃa mucha sangre.
No fue tarea fácil hacerlos bajar al subterráneo, y para ello hubo de ayudar el rajaputo a los guardianes del prisionero.
Los seis animales fueron atados con cadenas de acero a una pesada viga, situada a pocos metros del colchón, y se los separó entre sà lo suficiente para que no se destruyesen unos a otros.
El paria, al ver aquella extraña compañÃa, se habÃa puesto a reÃr groseramente.
—Sahib —dijo volviéndose hacia Kammamuri, que continuaba atando los pájaros—. ¿Te has creÃdo que soy un cuervo o un gato para hacer que me coman los filósofos?
—Sus picos son bastante agudos para vaciar tus ojos fosforescentes —respondió el maharato.