El falso brahman
El falso brahman El caballo había ya emprendido una carrera desenfrenada, desapareciendo casi de pronto bajo la espesa vegetación.
Los búfalos, siempre malignos y muy inteligentes, habían dejado en paz al carro y aun al elefante, de cuya trompa y colmillos tenían mucho que temer, y se habían lanzado en derechura sobre el jinete, como más débil para resistir a un ataque poderoso.
Bajo la inmensa bóveda de verdura retumbaron dos disparos que parecían de pistola; después, la feroz manada lanzóse a gran velocidad sobre las huellas del jinete.
—¿Has oído, Kammamuri? —preguntó Yáñez con voz alterada—. ¡También envenenaron a mi tercer ministro! Mi corte, pues, está llena de traidores. Mañana me envenenarán a mí; después, a la rhani, mi mujer; luego, a mi hijo, y aun a todos vosotros, mis fieles amigos. ¡Ira de Dios! ¡Estoy ya harto de esta corona, que pesa como si fuese de plomo! Este imperio, como lo llaman pomposamente, no vale todo él lo que mi pequeña isla de Mompracem, ¡por cien mil cuernos de todos los diablos conocidos y por conocer!
—La noticia que os ha traído Bindar es realmente inquietante, señor. No parece sino que en vuestra corte se han establecido algunos de aquellos dacoitas[14] que envenenaron a media población del Bundelkund[15].