El falso brahman
El falso brahman En aquel punto pareció temblar el palacio entero. Oyéronse alaridos de trompetas, tañidos de campanas, redobles de tambores y millares infinitas de voces que, con una unión maravillosa, invocaban la protección de los dioses.
—¿Qué sucede? —preguntó el paria, sorprendido.
—Se están celebrando los funerales de tu víctima —respondió Kammamuri.
—¿De día? Siempre se hacen al ponerse el sol.
—El marajá lo habrá dispuesto así. Le importan poco nuestros usos, aunque respeta todas las religiones.
—¿Y en dónde van a enterrar al muerto?
—En alguna pagoda. Ya ves que se trata de un gran personaje.
El estruendo entretanto había llegado a ser tan extraordinario, que nuestros hombres no podían oírse entre sí.
Especialmente los hank, enormes tambores que no pueden hacerse sonar sin permiso del príncipe, y los tumburá, todavía más grandes y llenos de dorados y pinturas, al ser golpeados con furia, retumbaban terriblemente, ahogando los agudos sonidos de los demás instrumentos, tales como los bannk, los bansi y los ramsinga.