El falso brahman
El falso brahman —Se dormirÃan tranquilamente sobre una sola pata y con la cabeza escondida bajo un ala, y no volverÃan a chillar, y esto no es lo que yo quiero.
—¿Tanto te agrada, pues, la música de estas bestias asquerosas?
—No seré yo quien la oiga, ni tampoco mis compañeros. ¡Ea! Por última vez: ¿quieres decirme por qué envenenaste a los tres ministros del marajá?
—¡Ah! Ya son tres los que yo he envenenado —dijo el paria con acento feroz—. Mañana serán diez, para tener un pretexto cualquiera para arrancarme el pellejo.
—Asà como envenenaste, y no puedes negarlo, al que están ahora enterrando, asà también debiste de ser tú quien asesinó a los otros dos ministros.
—Tú estás loco.
—Lo veremos —dijo Kammamuri, haciendo señal a sus compañeros de que le siguiesen al subterráneo superior, donde el furioso graznido de los filósofos llegaba muy apagado, merced a las dos espesas puertas de bronce, una de las cuales se hallaba a mitad de la escalera.
—Esperemos —dijo el maharato, abriendo un paquete de cigarrillos de hoja de palma y tabaco rojo—. Acabará por ceder, por muy fuertes que tenga los nervios.