El falso brahman
El falso brahman —El palacio estará casi desierto —respondió Kammamuri—. Todos, incluso el señor Yáñez y Tremal-Naik, se hallarán en los funerales del ministro. Sigámosla y dejémosla obrar.
—¡Perro del paria! —murmuró el baniano—. ¿Qué maldito fluido magnético tendrá acumulado en sus ojos? Espanta a las ratas e hipnotiza a las personas.
Surama, una vez abierta la puerta, se habÃa detenido, agitando los brazos y haciendo con los dedos rápidos movimientos. Sus ojos estaban dilatados, y casi con tanto brillo fosforescente como los del paria, aunque no parecÃa haber descubierto a los tres hombres.
El moloso, llevado de su instinto, habÃa intentado detenerla asiéndola de la ropa; pero Surama, sin volver en sÃ, se puso a bajar la escalera que conducÃa al segundo subterráneo.
Hablaba como si fuese presa de una pesadilla, con voz débil y cansada.
—Tú lo quieres… y yo siento que debo obedecerte…, porque has lanzado dentro de mà no sé qué hechizo… ¿Y seré yo capaz de libertarte? ¿Qué dirá después el marajá, mi esposo adorado?
Volvióse a detener, tratando de resistir a la atracción misteriosa del paria; retorcióse las manos, sacudió desesperadamente su hermosa cabeza haciendo ondear sus larguÃsimos cabellos, y después continuó bajando, diciendo con voz desgarradora: