El falso brahman
El falso brahman —Es inútil…, debo obedecer…, debo libertarlo.
El maharato hizo señal al perro de retroceder; después, con sus dos compañeros, se puso a seguir en silencio a la princesa, que avanzaba sin vacilar ni equivocar un solo escalón.
Abrió la segunda puerta de la escalera, se detuvo todavÃa un instante como para recobrar fuerzas, y en seguida descendió rápidamente y abrió la última puerta, que cerraba el subterráneo del prisionero.
—Quedemos aquà fuera y atisbemos —dijo Kammamuri a sus compañeros—. Siempre estaremos prontos a intervenir para impedir la fuga del envenenador.
La rhani se habÃa detenido en el último escalón, y sus ojos se fijaron de improviso en los del paria.
Hubo como un cambio de fosfóricos relámpagos entre la princesa, que no podÃa resistirlos, y el envenenador, el cual, habiéndola de súbito descubierto, habÃa levantado la cabeza, y la miraba cada vez con mayor fijeza.
Los seis filósofos, nuevamente hambrientos, y, sobre todo, irritados por la sed, hacÃan en aquel momento un estruendo imposible de describir. HabÃa ocasiones en que mugÃan, como si se hubiesen convertido en toros.