El falso brahman
El falso brahman —SÃ, princesa —respondió el bribón.
—¿Debo ir?
—¡Lo quiero! —ordenó el prisionero, con voz imperiosa.
Surama bajó la cabeza y pareció reflexionar un momento; después giró sobre sà misma, y volvió a pasar, con precisión matemática, entre los filósofos, cada vez más enfurecidos, esquivando sus picos monstruosos.
Kammamuri habÃa escuchado la orden dada a la princesa.
—Esperadme aquà —dijo a sus dos compañeros.
Subió apresuradamente, llegóse a la cesta y rompió con rapidez las tres botellas de cerveza, arrojando los pedazos en pequeños compartimientos de mimbre.
Habiendo hallado también un poco de carne y algunos panecillos, se lo arrojó todo al perro, que habÃa vuelto a presentarse y tendÃase ante la tercera puerta de bronce, como si se obstinase en velar por la princesa.
—Ahora veremos lo que sucede —dijo Kammamuri, mientras la cerveza corrÃa espumosa por los escalones—. DebÃamos despertar a la rhani; y el envenenador, o confiesa, o muere de hambre y sed, o de sueño.
Miró a sus compañeros. HabÃanse arrimado a la pared para no estorbar el paso, y se mantenÃan inmóviles como estatuas.