El falso brahman
El falso brahman Aunque la cesta debÃa de ser un poco pesada, sobre todo teniendo dentro las botellas vacÃas y los cascos de las rotas, sin embargo, Surama, la delicada princesita, como si hubiese adquirido de repente una fuerza extraordinaria, casi igual a la del hercúleo rajaputo, cogió la cesta y tornó a bajar la escalera, con la misma seguridad que antes.
No debÃa de ver, pues de lo contrario habrÃa descubierto fácilmente a Kammamuri y a sus dos compañeros.
Por tercera vez pasó entre los filósofos, que continuaban alborotando ferozmente, atormentados sobre todo por la sed, ya que no habÃan sido pocas las ratas que habÃan injerido en sus pelados buches, y se detuvo nuevamente ante el colchón donde yacÃa el prisionero, diciéndole:
—Aquà me tienes.
—Demasiado tarde —dijo el paria, con voz ronca—. Sin moverme de aquÃ, lo he visto todo.
—Bebe; aquà están las botellas.
—Están todas vacÃas, y las que estaban llenas, han sido rotas. Estoy viendo la cerveza bajar por la escalera del subterráneo, y no puedo beberÃa.
—¿Tienes, pues, mucha sed?
—Creo que me va a hacer morir de un momento a otro. No puedo ya resistir el suplicio que me ha impuesto ese chacal de maharato.
