El falso brahman

El falso brahman

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8. Hambre, sed y puñetazos

Aunque la cesta debía de ser un poco pesada, sobre todo teniendo dentro las botellas vacías y los cascos de las rotas, sin embargo, Surama, la delicada princesita, como si hubiese adquirido de repente una fuerza extraordinaria, casi igual a la del hercúleo rajaputo, cogió la cesta y tornó a bajar la escalera, con la misma seguridad que antes.

No debía de ver, pues de lo contrario habría descubierto fácilmente a Kammamuri y a sus dos compañeros.

Por tercera vez pasó entre los filósofos, que continuaban alborotando ferozmente, atormentados sobre todo por la sed, ya que no habían sido pocas las ratas que habían injerido en sus pelados buches, y se detuvo nuevamente ante el colchón donde yacía el prisionero, diciéndole:

—Aquí me tienes.

—Demasiado tarde —dijo el paria, con voz ronca—. Sin moverme de aquí, lo he visto todo.

—Bebe; aquí están las botellas.

—Están todas vacías, y las que estaban llenas, han sido rotas. Estoy viendo la cerveza bajar por la escalera del subterráneo, y no puedo bebería.

—¿Tienes, pues, mucha sed?

—Creo que me va a hacer morir de un momento a otro. No puedo ya resistir el suplicio que me ha impuesto ese chacal de maharato.


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