El falso brahman
El falso brahman —Otra es mi opinión —dijo Yáñez, apretando el gatillo de su carabina—. Y no es hoy sólo cuando me persigue este terrible pensamiento.
—Decid, señor Yáñez.
—¿Se habrá escapado Shindia de la casa de locos de Calcuta?
—¡Ca! Ese borrachÃn sempiterno no sabrá nunca hacer nada aunque esté libre, señor Yáñez.
—No comparto del todo tu confianza, mi bravo Kammamuri —respondió el prÃncipe—. Alrededor de nosotros reina la traición, y la traición indostánica es la más terrible.
—Señor, regresemos inmediatamente.
—Esto será si los búfalos nos dejan libre el paso. Volverán, ya lo verás, y todavÃa nos han de dar muy mal rato.
Después, alzando la voz, gritó al cornac, que montaba al elefante y habÃa logrado dominar a la enorme bestia:
—¡Pon a salvo a Sahur!… Lo necesitamos para volver a la capital. Aprovecha este momento de tregua.
—Ahora, marajá, domino ya a mi bestia —respondió el cornac—. Voy a conducirlo a lugar seguro, y si quiere hacer de nuevo su capricho, esgrimiré mi aguijada sin mirar dónde le hiero.
—Llévatelo, pues.
—Bien, señor.