El falso brahman
El falso brahman —Ve a beber la cerveza vertida.
—¿No ves, princesa, que estoy atado con cadenas de acero?
—¿Qué quieres, pues, de mÃ? Yo estoy cansada; no puedo sostenerme, y me parece que tengo la cabeza vacÃa y llena de niebla.
—Todo pasará si tú, alteza, continúas obedeciéndome.
—¡Estoy cansada! —gimió Surama, dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo—. ¡No tengo ya fuerzas!
—Yo te las daré con una mirada de mis ojos. Abre bien los tuyos, y mÃrame fijamente.
—¡No; tengo miedo! —gritó Surama, agitando desesperadamente los brazos—. Me estás haciendo daño.
—No; quiero solamente que me obedezcas, alteza. Abre los ojos.
La rhani, por el contrario, se habÃa tapado la cara con sus menudas manos, cubiertas de riquÃsimos anillos. Jadeaba y sudaba como si la hubiera asaltado una fiebre repentina, o como si brillase sobre su cabeza el sol ardorosÃsimo de la India.
ParecÃa que iba a desplomarse de un momento a otro; pero esto no sucederÃa, pues le infundió nuevas fuerzas el potente fluido magnético que el paria no cesaba de transmitirle.