El falso brahman
El falso brahman —No digas locuras, alteza. Acércate más a mà y procura romper estas malditas cadenas.
—Mis dedos son muy pequeños.
—Serán fuertes como tenazas.
Surama se inclinó sobre el prisionero, cogió las cadenas y les dio tal sacudida que, por el momento, el maharato y sus dos compañeros, que continuaban observando, creyeron que se habÃan roto.
—Más fuerte —dijo el paria.
—No puedo.
—Yo te libraré de la niebla que ensombrece tu pensamiento, y esta noche podrás ir a descansar tranquilamente al lado de tu esposo.
Surama dio una segunda sacudida, más poderosa que la primera, y tan violenta, que levantó al prisionero, pero las cadenas no se quebraron.
Un aullido de furor se escapó de los labios del magnetizador.
—¡Oh!… Yo no puedo infundirte la fuerza de un elefante —gritó—. Sin embargo, me seguirás obedeciendo.
—¿Qué quieres? Dilo pronto…, déjame ir…, estoy cansada…, cansada, y dentro de poco regresará mi esposo.
—Aprovecha el tiempo que te queda antes que él vuelva, ¿me oyes?