El falso brahman
El falso brahman —No me lo mates —dijo rápidamente el maharato, que seguÃa golpeando con furor y arrancando al prisionero aullidos agudÃsimos—. La muerte será demasiado dulce para este canalla, y, además, debe hablar y juro por mi vida que acabará por confesar.
—Bien lo estás tú aporreando, sahib —observó el rajaputos.
—Tienes razón. Si continúo más tiempo dándole, acabaré por romperle las costillas. Mira qué hinchada tiene la cara.
—Robustos son tus puños, sahib.
—Aún son más los tuyos. No te dejarÃa yo aporrearle.
—Ha habido vez que de un solo puñetazo he derribado a un buey.
—Lo creo.
Después, volviéndose al paria, cuyo rostro estaba cubierto de cardenales, le dijo:
—¿Tienes bastante o vuelvo a empezar?
—¡Que Brahma te maldiga! —aulló el miserable, recogiendo todas sus fuerzas para ver si rompÃa las cadenillas.
—No conozco a ese dios —respondió Kammamuri—, y el que yo adoro, no es de temer que maldiga.
—También te maldecirá.
—¿Por qué?