El falso brahman
El falso brahman —Esos buenos avechuchos estarán aquà hasta que tú no puedas resistir el hambre, la sed y el sueño, y te decidas a confesar.
—Tú quieres asesinarme.
—Y tú has envenenado a tres ministros. No lo niegues, porque es inútil.
Y diciendo esto, le volvió la espalda, pasó por delante de los arghilahs, que cada vez armaban más espantoso estruendo, intentando herirle con sus poderosos picos, y subió al subterráneo superior.
—Quédate aquà vigilando al paria —le dijo el rajaputo—. No te molestará el estruendo de los filósofos.
—Tengo los oÃdos a prueba de cañonazos, sahib —respondió el guerrero—. No sentiré molestia alguna.
—Pase lo que pase, no matéis a ese hombre. Recordad que el marajá no quiere, al menos por ahora, que muera.
—Entonces pondré a un lado mi lanza, no sea que me entre tentación de envainársela toda en el cuerpo.
—Procura también tener quietos los puños; pesan como mazas de fragua.
—Asà lo haré, sahib —dijo el soldado, sonriendo.
—Atiende sólo a que no huya y procura no dejarte magnetizar.