El falso brahman

El falso brahman

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—Yo no soy la princesa, y perdería inútilmente el tiempo.

—Estamos de acuerdo. Yo voy a ver si ha vuelto el marajá de los funerales y a velar también por su mujer, para que no obedezca la orden infame que le ha dado el paria. Abre los ojos y procura taparte las orejas.

Cerró con doble llave la puerta de bronce, abrió fácilmente la que el cazador de ratas había cerrado para impedir que bajase de nuevo la princesa, y subió a las habitaciones superiores en el momento mismo en que volvían las tropas, los ministros y otros muchísimos personajes.

Kammamuri se dirigió al saloncito de Yáñez, y encontró al portugués, que estaba hablando con Tremal-Naik y con e) cazador de ratas.

Debía haber acabado de llegar, precediendo al cortejo, en la magnífica ratt o carroza tirada por seis cebús blancos, con los cuernos dorados y adornados de lazos de seda multicolores.

—Lo sé todo —dijo Yáñez, avanzando hacia el maharato—. Voy a acabar por hacer atar a ese hombre a la boca de un cañón y esparcir por el aire sus miembros sanguinolentos.

—Vos no haréis eso, señor —respondió Kammamuri—. Ese hombre debe hablar y os aseguro que hablará. Ya no puede resistir.


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