El falso brahman
El falso brahman El elefante, no viendo ya a los búfalos, se habÃa calmado, y obedecÃa a su conductor con bastante docilidad.
Primero intentó aproximarse al carro, quizá con la idea fija de defender a los cazadores o de ponerse bajo su protección; después, habiendo sacudido muchas veces el dorso gigantesco y las enormes orejas, volvió a trote corto a introducirse en la espesura.
—Regresar inmediatamente —dijo Yáñez—, eso se dice muy pronto, pero querrÃa yo ver en nuestra situación a otros cazadores. Mientras no hayamos destruido buena parte de esos perversos animales, estaremos forzados a permanecer aquÃ.
—¿Habrán alcanzado a Bindar? —preguntó Kammamuri.
—No; es muy hábil jinete y, además, montaba uno de mis caballos más veloces. Los búfalos embisten con Ãmpetu, pero a los pocos minutos comienzan a cansarse y a aflojar en la carrera.
—¿Volverán?
—¿Y aún me lo preguntas? Ya me parece vérmelos delante. Esas bestias no abandonan nunca el campo de batalla sin intentar desquites que pondrÃan siempre pavor no sólo en los cazadores de Asia, sino en los que de Europa vienen alguna vez entre nosotros a probar sus carabinas… ¡Envenenado! ¡Y es el tercero!… ¡Esto es para volverse loco!