El falso brahman

El falso brahman

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Como ya no tenía al niño para poder ofrecerlo a los animales, y no pudiendo acaso descubrirlo, tomó la cubierta de seda amarilla y se la arrojó a los volátiles.

Uno de ellos, más listo que los otros, la arrebató, y tragándosela como si fuese algo vivo, cayó de repente como ahogado.

Los demás hicieron esfuerzos terribles para lanzarse sobre la joven y hacerla pedazos. Pero Kammamuri y Yáñez vigilaban, y los rechazaron a puntapiés, arrancándoles espantosos graznidos.

Surama se había detenido, y desistía de seguir adelante. Sin duda el paria, temiendo por su propia vida, le había ordenado que no se aproximase.

—¡Tremal-Naik! —ordenó Yáñez, que parecía poseído de una vivísima excitación—. Entrega el niño al rajaputo y atiende a mi mujer.

Y al punto se precipitó, con el ímpetu de un tigre, sobre el colchón donde yacía el prisionero. Kammamuri echó a correr detrás de él, gritándole:

—¡No me lo matéis! ¡Que no ha hablado todavía!

El paria, al ver que el portugués se le echaba encima con los puños levantados, clavó sobre él sus ojos, intentando quizá, con un supremo esfuerzo, hipnotizarlo.

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