El falso brahman
El falso brahman —¡Ah, perro! —gritó Yáñez, sobre el cual no hizo mella alguna la terrible y misteriosa mirada—. ¿Conque querÃas que los arghilahs devorasen a mi hijo? ¡Te voy a matar, vil chacal!
—¡Yo no temo a la muerte!
—¿Pero qué hombre eres tú?
—Nada más que un brahman.
—¡Paria!… ¡Paria!… ¡Paria! —le gritó por tres veces Yáñez, con voz terrible—. Y ahora me toca a mÃ. Tú has hipnotizado a mi mujer, que sólo obedece a tu voluntad y a tus imperiosos mandatos.
—No, alteza. Mis ojos son iguales a los de los demás.
—¡Ah, insolente! —gritó Kammamuri, adelantándose con los puños alzados, dispuesto a golpearle de nuevo—. ¿Conque no son tus ojos los que han hecho retroceder a las ratas, a pesar de que estaban hambrientas y te habrÃan despedazado en pocos instantes?
—No; han huido por el ruido de mis cadenas.
—Nada de engaños. En aquel momento tus ojos fulguraban como los de los tigres, y aun a mà mismo me costaba trabajo resistir a tus miradas o, mejor dicho, a tus mandatos.
—Tú has visto mal, sahib —respondió el paria, con voz humilde.