El falso brahman
El falso brahman —¡Ea, terminemos esta infame comedia! —gritó Yáñez, exasperado por la desvergüenza del prisionero—. Te he dicho que libres a mi mujer del fluido magnético que lanzaste sobre ella apenas la viste.
—Yo nada puedo hacer, alteza.
—¿Te niegas?
—¡Pero si yo no tengo la culpa!
—¡A fe que faltan pruebas!… Mándala que retroceda y se vuelva a su estancia.
—Yo no poseo tal poder, alteza.
—¡Mándaselo! —gritó Yáñez, alzando los puños.
—Podéis matarme, pero yo no soy capaz de hacer lo que pedÃs. La princesa debe de haber sido hipnotizada por algún enemigo vuestro.
—¿Por cuál?
—Quizá por los que han envenenado a los ministros.
Era demasiado. El puño del portugués, tan robusto casi como el del rajaputo, cayó con rapidez, golpeando al miserable en medio del rostro. Cuando la mano se retiró, vióse que el paria habÃa perdido uno de sus ojos.
—¡Me pagaréis ese puñetazo, alteza! —aulló el paria, que vertÃa abundante sangre por la órbita vacÃa y siniestramente dilatada—. ¡Alguien me vengará, y quizá más pronto de lo que pensáis!