El falso brahman

El falso brahman

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—¿Quién? ¿Shindia? —gritó Yáñez, a quien había detenido rápidamente Kammamuri, a fin de que no acabase de matar al prisionero.

—No lo he visto nunca. Sólo sé de él que reinó antes que vos.

—Kammamuri —dijo Yáñez—, ocúpate de este miserable.

—En seguida, señor Yáñez. La sangre corre demasiado. ¡Vaya un puñetazo! Este hombre está ya muy quebrantado, y yo no quiero que muera antes de tiempo.

Mientras Yáñez se alejaba empujando con dulzura delante de sí a la princesa, que proseguía hipnotizada, y seguido de Tremal-Naik, que llevaba al niño, Kammamuri desgarró un pañuelo, pidió al soldado su frasco de taifa, bebida alcohólica tan fuerte como el aguardiente español, y empapó abundantemente los pedazos, que introdujo después, sin contemplaciones, en la órbita del paria.

—¡Cállate, tigre! —dijo, oyendo los aullidos de dolor del miserable—. Esto quema, pero cauteriza y detiene la sangre.

—¡Que Brahma os maldiga a ti y al marajá!…

—Nos tienen sin cuidado tus maldiciones —dijo Kammamuri—. Más vale que dejes en paz a ese pobre dios, en quien ni tú mismo crees.

—¡Yo soy brahman! —rugió el prisionero, recogiendo sus últimas fuerzas.


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